Patrulla / Smith ¡Vamos todavía!

Quien no quiere ser feliz? A lo largo de los años los hombres construyeron un universo alrededor de la idea de la felicidad y los medios para alcanzarla. Pusimos la tecnología al servicio de este fin. Consumimos desde electrodomésticos, viajes y hasta fármacos buscando desesperadamente la felicidad. Sabemos realmente lo que significa ser feliz? Toda una clase social se sustenta solamente con la promesa de esta. El éxito de alcanzarla. Pero como dice Zlizlek, la felicidad es una categoría de esclavos.
La felicidad, hoy es para algunos una industria millonaria y para otros un pozo negro de ansiedad, donde cada paso hacia ella es un gasto más en vano. Discursos de autoayuda, nuevas religiones, y prácticas terapéuticas han aumentando la promesa haciendo crecer el negocio. Trabajamos más para poder consumir más, esas vacaciones en Disney son lo que finalmente nos hará feliz. Ese sushi del viernes a la noche por el que tanto trabajamos nos sacará del sufrimiento. Y así la industria del bienestar prospera y la promesa de una vida más satisfactoria es cada vez más inalcanzable.
Libros, cursos, retiros, drogas, rituales, el mercado es tan amplio como millonario.
La industria new age nos enseña que nuestro ego es el enemigo, debemos vencerlo. Nos hace enjuiciar moralmente nuestras prácticas y nuestros hábitos. Comer bien dormir, trabajar, hacer yoga, no fumar y no tomar nos hará feliz. Todo esto nos convierte en seres hiper-rendidores funcionales a un sistema económico y político que se auto-agota en el consumo. Parece ser que se pinchó el globo y esta ilusión estalló por los aires. El deseo burbujeante de la alegría no consumada.
Espiritualidad, sexo, cultura y drogas, todo es devorado por el gran monstruo de la felicidad que lo digiere y nos los devuelve en forma de promesa. La cual podemos alcanzar mediante el sacrificio y solo si elegimos bien. Como si hubiera buenas y malas decisiones, como si fuera posible que la moral igualitaria de la clase media determine dicha cosa. Quién puede resistirse al sádico canto de las sirenas?
 
Magdalena Petroni